PABLO FRANEITE SEGOVIA “EL
DIABLO”
─Omar
Ydler─
Nací el 12
de enero de 1930 en el pueblo de Algarrobal, cerca de Campo Carabobo;
actualmente poseo 84 años. Soy hijo de Cupertino Franeite y de Quintina
Segovia. Mi papá nació en Coro y mi mamá nació en la Arenosa del municipio
Libertador. A mi papá no lo conocí, murió cuando yo estaba muy pequeño, murió
de «calenturas». Mamá murió de paludismo en 1936. Yo quedé bajo la tutela de mi
madrina [1]●. Ella se encontraba residenciada en una vieja casa, al lado de la
iglesia parroquial, en el mismo sitio donde hoy se encuentra la floristería,
frente a la plaza. Cuando llegué a Tocuyito, en 1936, contaba seis años de
edad. En esa casa viví hasta 1949 cuando mi madrina se mudó para la esquina de
la Fortuna [2]●.
Tengo un
hermano llamado Brígido, mayor que yo. Vive en La Esmeralda, en San Diego, pero
no nos visitamos. Hace mucho tiempo que no nos vemos. Yo ya no estoy para estar
saliendo por ahí. Mi otro hermano, el morocho mío, murió en el parto. Tengo
ocho hijos en cinco mujeres [3]●. Mi hija mayor [4]● la tuve con Victoria
Suarez cuando vivía en casa de mi madrina. Sucede que dormíamos en la misma
habitación con mi madrina, una muchacha criada también de mi madrina y yo con
la que compartía la cama. Entonces contaba yo 27 años y mi madrina estaba
siempre pendiente de que nos portáramos bien. Pero Victoria quedó embarazada y
se formó el escándalo. Mis últimos hijos son Pablo, Ruth y [5]● que los tuve
con mi esposa Ana Parra.
Me acuerdo
que la cerca que rodeaba la plaza estaba construida con lanzas colocadas en
serie. Las puntas de las lanzas sobresalían vistosamente. La gente llamaba a
esa placita con el nombre de «Plaza del Cabito», haciendo alusión al remoquete
con el que se designaba al general Cipriano Castro. La placita, tal como la
recuerdo, podía haber medido unos setenta metros de ancho por setenta metros de
largo, como un cuadrado. En el centro se hallaba el monumento al que la gente
le decía «Castro en brazos de la Gloria». No recuerdo haber visto nunca una
placa que identificara al monumento o a la misma plaza. Un día, a la muerte de
Gómez, una turba furiosa quería destruir las estatuas que acompañaban al
monumento, pero sólo arrancaron los dos «chácharos», los policías de la llamada
«sagrada», del cuerpo represivo del benemérito. Eran dos estatuicas [sic] que fueron trasladadas a la
prefectura. En el monumento quedaron las huellas del lugar que ocupaban.
Recuerdo
al ganado que atravesaba la plaza para llegar al solar baldío que se encontraba
al lado. En ese solar se amontonaba el ganado para dormir, todas las noches. En
la plaza y en el terreno baldío se acumulaban rumas de bosta. Toda esa bosta la
recogía Clemente Llovera en una carretilla y la llevaba para el sitio que la
gente llamaba «La Sapera». Este sitio es donde hoy está el centro comercial «Las
Marías», allí como a cien metros de la plaza, en la vía al Rosario. Clemente se
levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para recoger el estiércol.
Era como una obligación, yo no supe nunca que alguien le pagara, eso lo hacía
voluntariamente y lo hizo hasta que murió en 1941. Ese ganado pertenecía al
general Gómez y nadie se metía con él. Cuando el general murió la gente fue
sacrificando al ganado, repartiéndoselo entre todas las familias.
Yo me
acuerdo que fue en 1935 cuando murió Gómez, que mi papá se presentó con un
morralito de carne. Ese día probé carne por primera vez; en la casa nos tomamos
el sancocho con carne y ñames del conuco. Ñame era lo único que se sembraba, no
se sembraba otra cosa, eso era lo que se comía. [6]●
Fui
monaguillo por varios años con varios curas. Me acuerdo del presbítero
capuchino Crispín Pérez, tenía una barba larguísima. Por él le pusieron el
nombre a la unidad educativa que se fundó en 1945. Conocí también al padre
Joaquín Urrutia, con él me inicié como monaguillo. Urrutia era igualito a Juan
Bosco. Siempre llevaba una sotana muy remendada. Era muy viejito. Me acuerdo
que una vez recibió una donación de dos mil bolívares y los repartió toditos
entre los feligreses más pobres. No tomó nada para él mismo. Fui monaguillo
hasta 1949, después que se cayó la torre de la iglesia. No recuerdo bien cuándo
se cayó la torre, creo que fue en el 47 ó en el 48. Me acuerdo que las campanas
caídas las colgaron sobre unos palos de guayabos y quedaron bajitas. Esas
campanas sonaban por las noches y había alguna gente asustada, hasta que se
descubrió que eran los burros que se recostaban de las campanas para rascarse las
orejas. El sacristán se llamaba Luís Márquez y a la muerte de éste, hubo otro
sacristán llamado José Moreno. Siempre me iba a buscar para que lo acompañara a
tocar las campanas de las 9 de la noche porque tenía miedo. La gente decía que
se aparecía un cura en las ruinas del campanario. Conocí también al padre Blas
Delgado, que lo trajo monseñor Adam, ese parece que quedó tocado de la guerra.
A mi madrina, que organizaba eso que llaman «san» para pagar a los músicos la
noche del viernes santo, el cura le prohibió que siguiera organizando esas
colectas de plata por esa práctica de «san». Mi tía lloró desconsoladamente
porque con esos reales montaba una tremenda y lucida procesión. La calle frente
a la iglesia se llamaba calle Arvelo, prolongación de la carretera nacional que
construyó Juan Vicente Gómez. Era una calle de «macadam». Esta carretera
conocida ahora como «Carretera Vieja» fue construida sobre el mismo antiguo
camino de Valencia a San Carlos. Otra callecita que partía de la calle Arvelo, frente
a la iglesia, separaba al solar baldío de la plaza «El Cabito» ―solar que
después se convirtió en plaza Bolívar―.
Entre las
cosas que recuerdo de esta plaza está aquella vez cuando los soldados acamparon
dentro de ella. Tenían los pies muy hinchados. Era una parada militar en
homenaje al Libertador Simón Bolívar ordenada por Eleazar López Contreras,
presidente de la República para ese momento. Los pobres soldados tenían días
marchando. Probablemente venían de Maracay. Iban para Campo Carabobo.
Me acuerdo
del viejo camino que iba desde Valencia hasta San Carlos. El trayecto desde
Tocuyito hasta Valencia se hacía en cuatro días porque había lodazales y pasos
de quebradas, las carretas se pegaban. El camino era muy accidentado. Yo me
acuerdo que las familias se despedían con llanto por el largo viaje hacia
Valencia, solamente el viaje de ida y vuelta tomaba ocho días. El antiguo
camino atravesaba el río «La Araguata» o quebrada de San Luís, el mismo río que
cruza «Jardines del Recuerdo» y la actual autopista. Ese camino que venía desde
Valencia, partía del viejo hospital, donde hoy está el Palacio de Justicia, [7]●
pasaba por el frente de la iglesia, por la calle Arvelo, y doblaba hacia la
derecha, por la calle Sucre, hacia la vieja prefectura que funcionaba en la
vieja casona, hoy ocupada por la Fundación de Cultura. De allí, doblaba
nuevamente el camino hacia la izquierda por la calle de la medicatura, hoy
convertida en hospital ambulatorio, proseguía luego por la entrada de la
urbanización «Los Trescientos» y pasaba,
finalmente, por el frente del depósito donde estaban los «pipotes de la muerte»
que se llevaron los alemanes. Todo ese sector era conocido como hacienda «La
Esperanza», propiedad de los Serrallé [8]●, quienes se dedicaban al cultivo del
tomate. La hacienda quedó dividida por la actual autopista y el nombre de la
hacienda fue tomado por la urbanización al este de la parroquia. En ese
depósito donde estaban los pipotes nombrados funcionaba la administración de la
hacienda. De allí continuaba la carretera hacia San Carlos.
Lo que se
conoce como «Altos de Uslar» era el sitio donde se encontraba la administración
de la Hacienda Uslar, propiedad de Jorge Herrera Uslar. A la hacienda se
accedía por su entrada principal, ubicada en la vía al Rosario. La hacienda se
extendía desde los «Bajos de Uslar», sector que hoy ocupa «La Guásima», hasta
la actual «Lagunita». Sitio donde comienza Canaposare.
Yo conocí
gente que vio la batalla entre Castro y Andrade. La batalla se desarrolló en
los bajos del río Guataparo, entre el cementerio y «La Pradera», ―la
urbanización ubicada en la vía al río Oasis―. El finado José Arvelo vio los
muertos de la batalla. Él decía que la hedentina que se desprendía del poco de
cadáveres obligaba a la gente a dar un rodeo por la sabana y utilizar el puente
colgante que pasaba sobre el río Guataparo, conocido como «Puente Afuera». El río está ubicado al este de la actual
parroquia de Tocuyito, fluyendo bastante retirado del «cementerio nuevo» [9]●,
desembocando, más adelante, en el río Paíto.
En los
terrenos que actualmente ocupa la iglesia «El Ermitaño» fueron enterrados primeramente
los muertos de «la viruela» y después los muertos de la «gripe española» en
1918. Allí enterraron varios generales y soldados, cuando la batalla de
Carabobo en 1821. Allí enterraron al Negro Primero. Pero el cementerio más
viejo de Tocuyito es el del camino de «la Sapera», ahí están enterrados mi papá
y otros familiares. Ese cementerio medía alrededor de cinco mil metros
cuadrados ―lo que en el llano llaman una «mata»―; En ese mismo sitio, el
contralmirante Larrazábal [Wolfgang], construyó una caballeriza, respetando al
cementerio que quedó ubicado en el medio de esas instalaciones. Ese cementerio
tiene por lo menos un siglo, pero no se utilizó más desde que construyeron el
cementerio más moderno. Cuando traían los muertos desde Pira Pira, los
transportaban en una hamaca que cargaban dos personas con una vara fuerte. Son
como 16 kilómetros hasta el cementerio de Tocuyito. Los cargadores de la hamaca
y los acompañantes se detenían un rato bajo la sombra de un guácimo muy grande
situado en la mitad del camino para descansar [10]●. Durante ese descanso el
cadáver era colocado en el suelo y los cargadores procedían a descargar una
lluvia de palos sobre el occiso con la supuesta intención de alivianar su peso.
Había una beneficencia que administraba una urna popular, la cual era cedida en
préstamo a los que no podían pagarla. El muerto era transportado en esa urna al
cementerio, luego se sacaba de la caja, se colocaba en la fosa y la urna era
devuelta después al servicio de beneficencia [Díaz 2002].
El Sr. Arzobispo Dr. Críspulo Uzcátegui… al siguiente día… [27
de diciembre de 1886] visitó la fábrica material del templo… el archivo
parroquial y la casa de Beneficencia fundada con caridad ejemplar por el actual
cura Sr. Manuel Piñero Olivero… [421].
Yo me
bañaba en el río Oasis. El día de San Juan mucha gente venía también a bañarse.
Incluso me bañaba en la laguna de “Pica Pica”, ubicada en los altos de la
Honda, en la Honda Vieja [11]●.
El nombre
de «Diablo» me lo puso Manuelito, un primo mío, cuando estábamos niños todavía.
Sonaba un día una canción y yo salí bailando y pegando brincos. Entonces mi
primo dijo que yo saltaba igualito al diablito de Underwood. Desde entonces me
quedó ese sobrenombre. Contaba para ese momento 10 años. Una vez tuve un
altercado con Sabino al que llamaban «la Muerte» y nos pusimos a pelear,
entonces una muchacha le fue con el cuento a Blanca Graterol, una vecina,
diciéndole que en la esquina estaban peleando el Diablo y la Muerte. Blanca,
que no entendía, se santiguó. Hoy, cuando alguien me llama Diablo, yo me alegro
porque es alguien que me conoce desde hace tiempo, es un contemporáneo.
Me acuerdo
que Víctor Pinto fue quien comenzó el parcelamiento de Tocuyito. Fue presidente
de la Junta Comunal por dos años, entre 1949 y 1950, a mi entender Víctor fue
militante adeco. Se pagaba a la Junta Comunal la cantidad de 50 bolívares por
el derecho a la parcela. Después presidió la Junta José Vargas, muy apreciado
por la gente de Tocuyito. La placita, cerca de la pasarela que conduce al “Penal”,
lleva su nombre como homenaje a sus actuaciones. Para esa época me afeitaba con
Pipo, el barbero del pueblo, que cobraba un real [12]●.
Las calles
de Tocuyito comenzaron a asfaltarse en 1969, durante el gobierno de Rafael
Caldera [13]●.